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Era
un indio yagán del que nunca sabremos su verdadero nombre. Fitz Roy
lo bautizó Button porque consideró que la vida del miserable
apenas si valía un botón de su vistosa chaqueta de almirante.
Darwin, su gran amigo, compañero de razones y de viaje, decidió
probar su fascinante y revolucionaria teoría con el pobre Jemmy,
al que veía como un animal apenas más sobresaliente que un
primate. Apenas. Ellos hablaban inglés y el infeliz bruto, una retahila
de sonidos ininteligibles que no registraba ningún diccionario. Así
fue como Jemmy Button, salvaje canoero, conoció las mañanas
brumosas sobre el Támesis, ciertos placeres cortesanos, el buen comer
y el mejor sexo de las cortesanas, los placeres mentidos de una burguesía
incipiente, los inútiles cubiertos, y hasta una lengua que le sirviera
para algo. El resultado de esta experiencia fue tan gratificante que decidieron
devolver el salvaje a su tierra y a su gente. Jemmy, bien vestido y peinado
para la ocasión, volvió a Tierra del Fuego con el propósito
ajeno de educar a sus paisanos, de inculcarles una tradición cultural
que había demostrado ser tan abierta, justa y comprensiva al punto
de equiparar su humanidad al brillo del botón de una chaqueta. Difícilmente
el indio haya escrito siquiera un verso alguna vez. A Jemmy Button no se
lo recuerda por su producción literaria. Es más, ni siquiera
se lo recuerda en absoluto. A no ser por la pequeña anécdota
de su rebelión, cuando el salvaje, despojado de su vestimenta londinense
y de sus buenas costumbres adquiridas, optó por reunir un nutrido
grupo de amigos en pelotas y se dedicó a matar a cuanto blanco se
atravesara en su camino, especialmente si vestía una chaqueta naval
con hermosos botones dorados. Jemmy Button, sin quererlo, fundó las
bases de la verdadera poesía latinoamericana, tantas veces amenazada,
confundida, subestimada, acosada, transculturizada. Nuestro más sentido
homenaje a nuestro presidente de honor, marginado maliciosamente de los
manuales y talleres literarios por gente que nunca supo ni quiso mirar hacia
adentro, ocupada como estaba en deleitarse con el esplendor ficticio de
la cultura europea. |
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