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Avión
espía norteamericano viola ostensiblemente el espacio aéreo
chino. En su derrotero voyerista impacta con un caza chino que pasaba
por ahí, derribándolo. Avión espía y tripulación
espía aterrizan de emergencia en una base militar china. El piloto
chino es dado por muerto.
El presidente Bush dice que son cuentos chinos y se niega a pedir disculpas
por su acto de espionaje, única exigencia de las autoridades de
Beijin para liberar a los intrusos. Acostumbrado al trato típico
con las republiquetas, el hijo del autor de la madre de todas las guerras,
ensaya una intransigente escalada verbal bajo la mirada paciente y milenaria
de los chinos. Poco a poco, la intransigencia norteamericana se transforma
en transigencia ante la manifiesta intransigencia china que continúa
reclamando, sin tanta verborragia, un pedido de disculpas imprescindible
teniendo en cuenta que hace apenas dos años EEUU destruyó
la embajada china de Belgrado "por error", en el marco de los
bombardeos sobre Yugoslavia.
Dos aspectos retóricos caracterizan estos incidentes. Por un lado
la arrogancia norteamericana, cargada de hipérboles y amenazas
constantes, que conduce fatalmente a despropósitos trágicos
en el nombre de la "libertad" y la "justicia". El
innecesario castigo a Japón al término de la segunda guerra
mundial materializado en la destrucción atómica de Hiroshima
y Nagasaki con cientos de miles de víctimas inocentes,
fue sólo una advertencia a la creciente expansión del comunismo,
una forma norteamericana de decir "miren lo que les pasa a nuestros
enemigos".
Y por otro lado, la ironía oriental, fundada en la noción
de que el tiempo no es más que una ilusión. Si se sabe esperar
lo suficiente, el cadáver del enemigo pasará ante nuestra
puerta.
Después de Vietnam, la arrogancia debería al menos reconocer
sus limitaciones.
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