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Cuando Rafael
(San Martín) me propuso diseñar La Blinda, no lo dudé un instante.
Me reuní con René (Villar), presidente de la Fundación, y le manifesté
mi entusiasmo. René aceptó la propuesta de inmediato, pero me sugirió
que hablara con Roberto (Escoda) quien aparentemente estaba a cargo del
proyecto. Así lo hice, y en menos de una semana ya tenía las galeradas
del primer ejemplar de la Blindita, como se la empezó a llamar cariñosa
y espontáneamente a causa de su pequeño formato (21 cm x 14 cm).
El nombre
surgió al cabo de una larga deliberación en un bar de mala muerte donde
nos habíamos reunido a tomar vodka, que es algo que la gente de la Fundación
conoce al dedillo. Estábamos todos los nombrados más Gabriel (Di Lorenzo)
y la Rusita (Claudia Paredes), única representante de lo femenino esencial.
Yo empecé diciendo -debido a mi naturaleza autoritaria- que el diseño
era total o no era nada, con lo que quería significar que me iba a adueñar
de la publicación, al punto de decidir también los contenidos y las colaboraciones.
Esto generó un escándalo de menores proporciones que motivó el retiro
de algunos de los concurrentes cuando al poco tiempo se transformó en
un escándalo de proporciones mayores. Finalmente, Roberto (que había permanecido
en silencio como es su costumbre) escribió en un papel sin romper su acostumbrado
silencio "La Rosa Blindada", título de un poema de Raúl
González Tuñón y nombre de una editorial argentina
de los años 70, y Rafael sugirió instantáneamente el nombre definitivo.
A la hora
de establecer el formato y diseño elemental, tomé en cuenta un anuncio
del diario El País de España en el que aparecía la tapa de sí mismo
en versión minúscula. Me gustó y así hice la Blindita, sin consultarle
a nadie. Por ese entonces, una revista de literatura muy conocida en Argentina
(desaparecida recientemente), La Maga, ya había fusilado el diseño
de El País mucho antes que yo. No pude escapar a la calumnia, acusado
de copiar a La Maga. El hecho de que se me acusara de plagio no
me molestó en absoluto, porque de hecho lo era. Me molestó, sí, que se
me acusara de plagiar el producto de otro plagio y no el original.
La Blinda
en su versión de imprenta tuvo una fugaz pero intensa vida. Mezcló lo
clásico y lo under con una inconciencia sublime, algo desconocido en una
cultura tendiente a lo clásico puro y mediocre como lo es la intelligentzia
marplatense. No apta para envolver huevos y hortalizas como sus parientes
en formato sábana o tabloid, no quedaba otro remedio que leerla.
Pero una
tarde me cansé, y como era el único que poseía el secreto de La Blinda,
la hice callar. Los holandeses somos así.
Pasaron dos
años. Roberto había retornado a la Fundación siendo recibido como el hijo
pródigo, a patadas. Me dijo que René quería reeditar La Blinda porque
la extrañaba y que Rafael lloraba su ausencia por las noches, para que
no lo vieran. No pude resistirme a tal declaración de amor y aquí la tenéis
en versión electrónica e internacional.
Seguimos
como entonces.
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