Se decidió
a llamarla después de meditarlo largo tiempo, posada la vista
inmóvil sobre el plástico azul del encendedor. Lo envolvía
el aire tibio del cuarto de sus padres, la negra soledad del caserón,
el valor intermitente que le inyectaba la ausencia de sus padres disfrutando
en Acapulco, los criados en su día festivo. Mejor llamarla desde
la sala, pensó al borde del arrepentimiento, volviendo atrás,
tocando sin tocar la baquelita brillante y lustrosa del aparato, hasta
que, todavía indeciso, corrió la palanquita a la derecha
para conectar la línea de la sala, con la mirada puesta en el
pasillo sombrío por el que ahora caminaba sin pensar, no fuera
a estropearlo todo. El tubo se agitó en su mano como una corvina
recién pescada. Discó el número; el aparato no
debía funcionar bien, a su oído llegaban unas voces lejanas
de intensidad variable, ocultas por detrás del sonido de llamada.
Un leve click
seguido de un hola
lo arrancó de su extrañeza.
¿Melita? Soy yo, Jorge. Mirá, creo que podemos estudiar
juntos, tengo los apuntes de estequiometría, dijo
sin tomar aire. No
importa, estudiamos acá, no creo que tu vieja se enoje por eso,
contestó vagamente negándose a hablar claro ante la negativa.
El murmullo de fondo crecía en la abstracción del espacio,
en el abismo impalpable. Ahora se escuchaba una voz que repetía
un número hasta el cansancio. Fastidiado más por su timidez
que por la interferencia estuvo a punto de cortar, pero su interlocutora
le ganó de mano. Otra vez el vacío. Permaneció
atento. Días atrás había ocurrido algo similar
y él no le había otorgado ninguna importancia. Una incómoda
sensación de cosquilleo se instaló en su estómago.
Pegó el auricular a su oreja en un vano intento de penetrar en
la conversación. Un enloquecido péndulo llevaba y traía
las palabras aisladas que se prendían en su cerebro como oscuras
y horribles garrapatas. Contuvo el aliento para concentrar toda su atención.
Le parecía haber escuchado matar
y trataba de hacer audible el resto, lo que el péndulo arrastraba
hacia el otro lado, la zona inescrutable del susurro mezclado con las
descargas eléctricas. Se hizo un silencio largo y negro suspendido
en el vacío. Dejó caer el tubo sobre la horquilla del
aparato. Tal vez en algún rincón de la ciudad, alguien
ignoraba su terrible destino, riendo en una amable sobremesa o descansando
o leyendo o conspirando. Daba igual: él intuía que esa
conversación accidental era una sentencia fatal y nada podía
hacer.
El teléfono sonó de pronto, disolviendo su meditación.
¿Qué
pasa que no volviste a llamar?, la voz dulce, apacible,
de Melecia lo tranquilizó un poco. Vení
enseguida por favor, dijo casi llorando, con la voz lastimada
por la angustia, la mortecina llama de una vela que se apaga. Ella aceptó
sin entender.
Jorge tiró el tubo sobre el sillón. Lo aterrorizaba seguir
sosteniéndolo en la mano. Levantó los brazos y llenó
de aire sus pulmones. El exceso de oxígeno lo mareó. Se
recostó sobre la alfombra, imaginando a Melecia en la calle,
caminando despreocupadamente, hermosa e imposible como de costumbre,
hacia su casa, alegre y ajena.
La puerta de calle estaba abierta y un poco de luna se filtraba hasta
tocar la platería de la sala.
Se quedó allí, en la frontera común del temor y
el desconcierto, con la respiración suspendida, intentando escuchar
aquellos sonidos familiares que se ocultan en las sombras, con los ojos
fijos en los ojos resplandecientes del gato lamiendo la oscuridad y
el aire sobre la alfombra de la sala. Junto al gato el teléfono
parecía un animal extraño. Ya no era ella ni él
lo que importaba. Unas formas azules, rodeadas de risas y cabezas, reunidas
en el grito, multiplicadas en el fondo claro de la noche y hablando
el lenguaje del fuego. Ya no era él ni los timbres en las puertas,
aunque ella lo amara. Aunque él me amara. Aunque nos amáramos.
Él era feliz con esa tonta historia, absolutamente feliz hundido
en sábanas blancas y colchones blandos. Y cómplice de
las tiernas miradas perdidas en la eternidad de los fuegos y de los
momentos.
Finalmente entendió.