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RAFALA MALARZ
 
     
 

Nació en Varsovia, Polonia, en 1920. Reside en Mar del Plata, Argentina, desde 1946. Ha colabarado en diversos periódicos y publicaciones del mundo entero.

 
     
 
Interferencia
 
     
 
Publicado en La Blinda Rosada Nº 4, Agosto 1995
 
     
 

Se decidió a llamarla después de meditarlo largo tiempo, posada la vista inmóvil sobre el plástico azul del encendedor. Lo envolvía el aire tibio del cuarto de sus padres, la negra soledad del caserón, el valor intermitente que le inyectaba la ausencia de sus padres disfrutando en Acapulco, los criados en su día festivo. Mejor llamarla desde la sala, pensó al borde del arrepentimiento, volviendo atrás, tocando sin tocar la baquelita brillante y lustrosa del aparato, hasta que, todavía indeciso, corrió la palanquita a la derecha para conectar la línea de la sala, con la mirada puesta en el pasillo sombrío por el que ahora caminaba sin pensar, no fuera a estropearlo todo. El tubo se agitó en su mano como una corvina recién pescada. Discó el número; el aparato no debía funcionar bien, a su oído llegaban unas voces lejanas de intensidad variable, ocultas por detrás del sonido de llamada. Un leve click seguido de un hola lo arrancó de su extrañeza. ¿Melita? Soy yo, Jorge. Mirá, creo que podemos estudiar juntos, tengo los apuntes de estequiometría, dijo sin tomar aire. No importa, estudiamos acá, no creo que tu vieja se enoje por eso, contestó vagamente negándose a hablar claro ante la negativa. El murmullo de fondo crecía en la abstracción del espacio, en el abismo impalpable. Ahora se escuchaba una voz que repetía un número hasta el cansancio. Fastidiado más por su timidez que por la interferencia estuvo a punto de cortar, pero su interlocutora le ganó de mano. Otra vez el vacío. Permaneció atento. Días atrás había ocurrido algo similar y él no le había otorgado ninguna importancia. Una incómoda sensación de cosquilleo se instaló en su estómago. Pegó el auricular a su oreja en un vano intento de penetrar en la conversación. Un enloquecido péndulo llevaba y traía las palabras aisladas que se prendían en su cerebro como oscuras y horribles garrapatas. Contuvo el aliento para concentrar toda su atención. Le parecía haber escuchado matar y trataba de hacer audible el resto, lo que el péndulo arrastraba hacia el otro lado, la zona inescrutable del susurro mezclado con las descargas eléctricas. Se hizo un silencio largo y negro suspendido en el vacío. Dejó caer el tubo sobre la horquilla del aparato. Tal vez en algún rincón de la ciudad, alguien ignoraba su terrible destino, riendo en una amable sobremesa o descansando o leyendo o conspirando. Daba igual: él intuía que esa conversación accidental era una sentencia fatal y nada podía hacer.
El teléfono sonó de pronto, disolviendo su meditación. ¿Qué pasa que no volviste a llamar?, la voz dulce, apacible, de Melecia lo tranquilizó un poco. Vení enseguida por favor, dijo casi llorando, con la voz lastimada por la angustia, la mortecina llama de una vela que se apaga. Ella aceptó sin entender.
Jorge tiró el tubo sobre el sillón. Lo aterrorizaba seguir sosteniéndolo en la mano. Levantó los brazos y llenó de aire sus pulmones. El exceso de oxígeno lo mareó. Se recostó sobre la alfombra, imaginando a Melecia en la calle, caminando despreocupadamente, hermosa e imposible como de costumbre, hacia su casa, alegre y ajena.
La puerta de calle estaba abierta y un poco de luna se filtraba hasta tocar la platería de la sala.
Se quedó allí, en la frontera común del temor y el desconcierto, con la respiración suspendida, intentando escuchar aquellos sonidos familiares que se ocultan en las sombras, con los ojos fijos en los ojos resplandecientes del gato lamiendo la oscuridad y el aire sobre la alfombra de la sala. Junto al gato el teléfono parecía un animal extraño. Ya no era ella ni él lo que importaba. Unas formas azules, rodeadas de risas y cabezas, reunidas en el grito, multiplicadas en el fondo claro de la noche y hablando el lenguaje del fuego. Ya no era él ni los timbres en las puertas, aunque ella lo amara. Aunque él me amara. Aunque nos amáramos. Él era feliz con esa tonta historia, absolutamente feliz hundido en sábanas blancas y colchones blandos. Y cómplice de las tiernas miradas perdidas en la eternidad de los fuegos y de los momentos.
Finalmente entendió.

 

 
     
 

Vaya a saber a quién besabas, / de quién te despedías.
JULIO CORTÁZARVer autor

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